La mujer en el ministerio cristiano: llamada, capacitada y enviada por Dios.
Introducción
Durante generaciones, uno de los temas que más discusión ha producido dentro de la Iglesia ha sido el lugar de la mujer en el ministerio. ¿Puede una mujer predicar? ¿Puede enseñar la Palabra? ¿Puede dirigir una congregación? ¿Puede ejercer el pastorado?
Para responder, nuestra autoridad no puede ser simplemente la tradición denominacional, la cultura ni aquello que siempre hemos escuchado. Tenemos que mirar las Escrituras en su conjunto.
Y cuando recorremos la Biblia encontramos algo imposible de ignorar: Dios llamó, levantó, capacitó y utilizó mujeres para ejercer funciones espirituales de enorme responsabilidad.
La pregunta, entonces, no debe reducirse a lo que determinada cultura, época o tradición ha permitido hacer a la mujer. La pregunta fundamental debe ser: ¿qué vemos hacer a Dios en Su Palabra?
Porque la Iglesia no tiene autoridad para fabricar llamados que Dios no ha hecho, pero tampoco debería apresurarse a apagar aquellos que Dios sí ha encendido.
Cuando el Señor llama a alguien al servicio, el llamado siempre debe ser examinado a la luz de las Escrituras, acompañado de carácter, sana doctrina, madurez espiritual y fruto. Eso debe aplicarse tanto al hombre como a la mujer.
Dios llamó mujeres para dirigir a Su pueblo
Uno de los ejemplos más contundentes se encuentra en Débora: “Gobernaba en aquel tiempo a Israel una mujer, Débora, profetisa, mujer de Lapidot.” Jueces 4:4
Débora no aparece simplemente ayudando a un líder masculino. La Escritura dice que juzgaba a Israel. El pueblo acudía a ella para juicio y dirección, Jueces 4:5.
Además, era profetisa. Es decir, ejercía autoridad pública y espiritual en medio del pueblo de Dios.
Y esto resulta particularmente significativo porque el texto bíblico no presenta el liderazgo de Débora como algo vergonzoso que debiera ocultarse. Al contrario, su historia forma parte del testimonio inspirado de las obras de Dios en Israel.
Débora recibe dirección de Dios, comunica esa dirección y participa en uno de los momentos decisivos de liberación para el pueblo.
Otro ejemplo es Hulda. Cuando fue hallado el libro de la Ley durante el reinado de Josías, los representantes del rey fueron a consultar a esta mujer, 2 Reyes 22:14-20.
Hulda habló en nombre de Dios y su palabra fue llevada al rey. Dios no tuvo ningún problema en utilizar la voz de una mujer para comunicar Su Palabra a los líderes de Judá.
Esto es importante: había sacerdotes y otros líderes religiosos en Judá, y aun así los enviados del rey acudieron a Hulda para escuchar palabra de Jehová.
La autoridad de su mensaje no dependía de su sexo. Dependía de Aquel que la había enviado y de la Palabra que Dios había puesto en su boca.
Jesús dignificó a la mujer como discípula y mensajera
En una cultura donde la formación religiosa formal estaba dominada por hombres, encontramos a María sentada “a los pies de Jesús, oía su palabra.” Lucas 10:39
Sentarse a los pies de un maestro era lenguaje propio del discipulado. Jesús no la expulsó de ese lugar; al contrario, defendió su decisión.
Esto revela algo hermoso del ministerio de Cristo. Jesús no trató a la mujer como alguien espiritualmente inferior ni incapaz de recibir enseñanza profunda. La recibió como discípula.
Durante Su ministerio también encontramos mujeres acompañando y sosteniendo la obra de Jesús. Lucas menciona a María Magdalena, Juana, Susana y otras muchas que servían con sus bienes, Lucas 8:1-3.
No estaban ausentes de la obra del Reino. Estaban presentes, comprometidas y sirviendo.
Después de Su resurrección sucede algo todavía más significativo. Jesús se aparece a María Magdalena y le dice: “Ve a mis hermanos, y diles…” Juan 20:17. Y el siguiente versículo declara: “Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas…” Juan 20:18
El Cristo resucitado confió a una mujer la proclamación de Su resurrección a Sus propios discípulos. Aquella mujer que llegó llorando al sepulcro terminó saliendo de allí con un mensaje en sus labios: ¡Cristo vive!
Jesús pudo haberse aparecido primero a cualquiera de los discípulos y entregarles aquella encomienda. Sin embargo, quiso que una mujer fuera portadora de aquella noticia gloriosa.
En Pentecostés el Espíritu fue derramado sobre hombres y mujeres
Pedro explicó lo que estaba ocurriendo citando al profeta Joel: “Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán… Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán.” Hechos 2:17-18
La promesa del Espíritu no quedó limitada al hombre. Hijos e hijas. Siervos y siervas. Ambos profetizarían.
Y bíblicamente, profetizar no era permanecer en silencio. Pablo describe la profecía como una palabra dirigida a otros para edificación, exhortación y consolación, 1 Corintios 14:3.
Pentecostés nos recuerda que la Iglesia no funciona simplemente mediante capacidades humanas. La Iglesia depende del poder del Espíritu Santo.
Cuando el Espíritu fue derramado, las mujeres estaban allí. Cuando llegaron las lenguas como de fuego, las mujeres estaban allí. Cuando comenzó el testimonio poderoso de la Iglesia naciente, las mujeres formaban parte de aquella comunidad llena del Espíritu.
Más adelante encontramos incluso a las cuatro hijas de Felipe: “Este tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban.” Hechos 21:9. Lucas menciona su ministerio sin presentarlo como una anomalía.
Priscila enseñó doctrina a un predicador
Hechos presenta a Apolos como “varón elocuente, poderoso en las Escrituras.” Hechos 18:24. Sin embargo, su conocimiento era incompleto.
¿Qué ocurrió? “Priscila y Aquila le tomaron aparte y le expusieron más exactamente el camino de Dios.” Hechos 18:26
Priscila participó junto con su esposo en la instrucción teológica de un hombre que ya era predicador.
Esto demuestra que una prohibición absoluta de que una mujer enseñe doctrina a un hombre resulta difícil de sostener cuando observamos el testimonio completo del Nuevo Testamento.
Apolos no era un principiante incapaz de hablar. Era elocuente, conocía las Escrituras y predicaba. Sin embargo, necesitaba comprender más exactamente ciertas verdades. Y Dios utilizó a este matrimonio, incluyendo claramente a Priscila, para ayudarlo.
Después encontramos a Apolos desarrollando un ministerio poderoso, Hechos 18:27-28. Qué hermosa imagen de la Iglesia: no una competencia entre hombre y mujer, sino hombres y mujeres sirviendo juntos para que Cristo sea conocido y Su Iglesia edificada.
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Febe y las mujeres colaboradoras en el Evangelio
Pablo escribe: “Os recomiendo además nuestra hermana Febe, la cual es diaconisa de la iglesia en Cencrea.” Romanos 16:1
La palabra griega utilizada es diákonos, término que también se utiliza en el Nuevo Testamento para describir diferentes formas de servicio ministerial. Pablo además dice que Febe había ayudado a muchos, incluso a él mismo, Romanos 16:2.
No encontramos a Pablo tratando a las mujeres como espectadoras del ministerio. Las encontramos trabajando activamente en la expansión del Evangelio.
Y resulta significativo que Pablo recomiende públicamente a Febe ante los creyentes de Roma y les pida que la reciban en el Señor, como es digno de los santos. Pablo reconoce su servicio y pide a la Iglesia que la apoye en aquello que necesite.
En Filipenses encontramos a Evodia y Síntique. Pablo dice que ellas combatieron juntamente conmigo en el evangelio, Filipenses 4:3. No dice simplemente que asistían a la congregación. Trabajaron junto a Pablo por el Evangelio.
En Romanos 16 aparecen igualmente numerosas mujeres reconocidas por Pablo: Febe, Priscila, María, Trifena, Trifosa, Pérsida y otras. Incluso encontramos iglesias reuniéndose en casas asociadas al liderazgo y servicio de mujeres, como Lidia, Hechos 16:14-15, 40, y Ninfas, Colosenses 4:15.
La Iglesia del primer siglo necesitó hombres fieles. Pero también necesitó mujeres fieles. Necesitó personas dispuestas a abrir sus hogares, anunciar el Evangelio, enseñar, servir, profetizar, trabajar, sufrir y perseverar por Cristo.
Pablo no tuvo dificultad en reconocer públicamente a aquellas mujeres que habían trabajado arduamente por el Evangelio.
Entonces, ¿qué hacemos con “la mujer calle en la congregación”?
Aquí debemos ser responsables con la Biblia. Pablo escribe: “vuestras mujeres callen en las congregaciones…” 1 Corintios 14:34
Si interpretáramos esto como una prohibición universal y absoluta de que una mujer pronunciara palabra alguna durante una reunión cristiana, tendríamos un problema: el propio Pablo había reconocido unos capítulos antes que las mujeres oraban y profetizaban en la congregación. En 1 Corintios 11:5, Pablo habla de toda mujer que ora o profetiza.
Por tanto, 1 Corintios 14:34 no puede significar sencillamente: ninguna mujer puede hablar jamás en una congregación.
El contexto de 1 Corintios 14 trata extensamente sobre orden en el culto. Pablo también manda callar al que habla en lenguas cuando no hay intérprete, 1 Corintios 14:28, y manda callar a un profeta cuando otro recibe revelación, 1 Corintios 14:30.
El problema que Pablo está corrigiendo es el desorden, no estableciendo necesariamente una prohibición universal de toda participación verbal femenina. Por eso el capítulo concluye diciendo: “pero hágase todo decentemente y con orden.” 1 Corintios 14:40
El énfasis del capítulo está en que los dones espirituales sean ejercidos de manera que edifiquen a la congregación y no produzcan confusión.
¿Y 1 Timoteo 2:12?
Este es probablemente el pasaje más importante de la discusión: “Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio.” 1 Timoteo 2:12
Este texto no debe esconderse ni descartarse. Quienes sostienen una posición complementaria entienden que Pablo establece aquí una restricción permanente respecto al oficio pastoral o de anciano.
Sin embargo, los cristianos que sostienen que la mujer puede ejercer el pastorado interpretan el pasaje dentro de la situación que Pablo estaba enfrentando en Éfeso, incluyendo problemas de falsa doctrina que aparecen repetidamente en 1 Timoteo.
Además, el término griego traducido ejercer dominio, authentein, es inusual en el Nuevo Testamento y ha producido una extensa discusión acerca de su sentido preciso.
Por eso existen creyentes fieles a la autoridad de las Escrituras en ambos lados de esta discusión. Pero una cosa debemos evitar: utilizar un versículo aislado para borrar todos los lugares donde la propia Biblia presenta a mujeres profetizando, enseñando, liderando, trabajando en el Evangelio y siendo utilizadas poderosamente por Dios.
Debemos acercarnos a este tema con humildad. No necesitamos torcer un texto para defender una posición. Tampoco necesitamos ignorar otros textos para mantener una tradición. Nuestra obligación es permitir que toda la Escritura dialogue con toda la Escritura.
El ministerio comienza con el llamado de Dios
Pablo enseña: “Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo.” 1 Corintios 12:4. Y después declara: “Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.” 1 Corintios 12:11
Los dones pertenecen al Espíritu Santo. Él los distribuye conforme a Su voluntad. Pedro igualmente escribe: “Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros…” 1 Pedro 4:10
Por eso, cuando Dios llama a una mujer, le entrega dones, produce fruto en su vida, la capacita para enseñar Su Palabra y utiliza su ministerio para edificar Su Iglesia, no debemos despreciar ligeramente aquello que Dios está haciendo.
El llamado ministerial tampoco debe convertirse en una búsqueda de posiciones, títulos o reconocimiento. Jesús enseñó que en Su Reino la grandeza se expresa mediante el servicio: “el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor.” Mateo 20:26
Por eso, pastor, pastora, maestro, maestra, evangelista, misionero o cualquier otra función dentro del Cuerpo de Cristo nunca debería entenderse primeramente como una posición de prestigio. Es una responsabilidad de servicio.
El verdadero llamado no pregunta: “¿Qué título voy a recibir?” Pregunta: “Señor, ¿cómo puedo servirte?”
Desde Débora hasta Hulda; desde María Magdalena hasta Priscila; desde Febe hasta las mujeres que trabajaron juntamente con Pablo en el Evangelio, las Escrituras dejan un testimonio claro: La mujer no es una creyente de segunda categoría dentro del Reino de Dios.
El mismo Espíritu Santo que llena al hombre llena a la mujer. El mismo Evangelio que envía al hombre también envía a la mujer.
Y la gran declaración apostólica continúa siendo: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.” Gálatas 3:28
Esto no significa que desaparezcan las diferencias entre hombre y mujer. Significa que nuestra posición delante de Cristo, nuestra salvación y nuestra pertenencia a Su pueblo no están determinadas por categorías de superioridad espiritual. Somos uno en Cristo Jesús.
La Iglesia necesita hombres llenos del Espíritu Santo. La Iglesia necesita mujeres llenas del Espíritu Santo. Necesita matrimonios que sirvan juntos como Priscila y Aquila. Necesita jóvenes que respondan al llamado. Necesita ancianos que transmitan sabiduría. Necesita hombres y mujeres que puedan decir como Isaías: “Heme aquí, envíame a mí.” Isaías 6:8
No necesitamos una Iglesia donde hombres y mujeres compitan por autoridad. Necesitamos una Iglesia donde todos nos rindamos a la autoridad de Jesucristo.
Porque Cristo sigue siendo la cabeza de la Iglesia: “y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia.” Colosenses 1:18
La Iglesia debe examinar todo ministerio, sea ejercido por hombre o mujer, por su fidelidad a Cristo, su doctrina, su carácter, su fruto y su sujeción a la Palabra. Porque finalmente el ministerio no pertenece al hombre ni a la mujer. El ministerio pertenece a Jesucristo.
Y cuando Cristo llama, nuestra responsabilidad es servirle con fidelidad. “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.” Colosenses 3:23
Oración de compromiso
Señor Jesús: Hoy reconocemos que Tú eres la cabeza de la Iglesia y nosotros somos Tu pueblo. Delante de Tu presencia rendimos nuestros títulos, nuestras posiciones, nuestras tradiciones, nuestros prejuicios y nuestras propias opiniones. Queremos escuchar Tu voz por encima de cualquier otra voz.
Gracias por cada hombre y por cada mujer que has llamado para servir en Tu Reino. Gracias por los dones que has depositado en Tu Iglesia. Gracias por cada pastor y cada pastora, por cada maestro y cada maestra, por cada evangelista, misionero, servidor y servidora que ha decidido responder a Tu llamado.
Hoy, todos los que estamos aquí, queremos hacer un compromiso delante de Ti. No queremos competir; queremos servir. No queremos posiciones; queremos obediencia. No queremos nuestra gloria; queremos que Cristo sea glorificado. No queremos levantar nuestros nombres; queremos levantar el nombre de Jesús.
Enséñanos a reconocer, honrar y apoyar aquello que verdaderamente procede de Ti. Líbranos de apagar lo que Tu Espíritu ha encendido. Pero también danos discernimiento para probarlo todo a la luz de Tu Palabra y retener lo bueno.
Que cada hombre llamado por Ti tenga valor para responder. Que cada mujer llamada por Ti tenga valor para responder. Que nuestros hijos y nuestras hijas puedan profetizar. Que nuestros jóvenes tengan visión. Que nuestras familias sirvan juntas. Y que nuestra Iglesia sea conocida, no por quién ocupa una posición, sino porque Jesucristo ocupa el centro de todo.
Hoy nos presentamos delante de Ti y decimos: Aquí están nuestras manos: úsalas. Aquí están nuestros pies: envíanos. Aquí está nuestra voz: habla a través de nosotros. Aquí están nuestros dones: que sean para Tu gloria. Aquí está nuestra vida: te pertenece.
Y si Tú llamas, responderemos. Si Tú envías, iremos. Si Tú dices que hablemos, hablaremos. Si Tú dices que sirvamos, serviremos. Y todo lo que hagamos será para que el mundo conozca que Jesucristo salva, transforma, restaura y sigue llamando hombres y mujeres para anunciar Su Reino.
Que jamás olvidemos que el ministerio no es nuestro. La Iglesia no es nuestra. La gloria no es nuestra. Todo pertenece a Ti. Nos comprometemos a servirte con fidelidad, humildad, santidad y amor hasta el día en que estemos delante de Tu presencia. En el nombre poderoso de Jesús. Amén.









